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Un hombre contempla desde una ventana la majestuosidad del paisaje y, sin embargo, no logra recordar nada de su pasado. Un accidente automovilístico le arrebató no sólo la memoria, sino también a su esposa. Así se despliega la trama de En blanco (Planeta), primera novela del conocido poeta y periodista Eduardo Lores.Entrevista CARLOS M. SOTOMAYORFotografía de GIULIANO BUIKLECE¿Cómo surge la historia de soledad del protagonista de En blanco? El personaje se fue perfilando solo, en todos los sentidos posibles de soledad. Estaba solo en un espacio que luego se convirtió en una clínica. Y su soledad se multiplicó por la ausencia de sí mismo, de su propia memoria. Desde esa soledad, van apareciendo esas primeras imágenes de la ventana.El protagonista emprende una búsqueda de sus recuerdos, pero también de su identidad.Sí, el personaje, Alfredo, no sabe lo que ha sido ni en su infancia ni en su madurez. Porque son personajes distintos. Estamos hablando de una persona con tres identidades: la identidad del niño, la identidad de Akbar, el conquistador, y la identidad de un hombre sin memoria. Entonces, en el camino de recuperar su identidad falsa, llena de máscaras, descubrirá su auténtica identidad que es la de la infancia. Habrá un momento en que tendrá que optar: o por la máscara, por la construcción de un personaje que uno tiene que hacerse o recuperar la inocencia de la infancia.El protagonista ha cometido actos que han dañado a terceros, pero no los recuerda. ¿Hasta qué punto puede ser inocente o culpable de ello? Claro, en ese caso él es inocente, temporalmente. Mientras no tiene su recuerdo es inocente para sí, mas no para los demás, para los que él ofendió. Entonces hay una polaridad. El no tiene culpa porque ha perdido la memoria. Pero tampoco la tenía antes, porque había amaestrado su culpa. Más bien con la infancia recupera el sentido de la culpa y trata de rescatar la culpa como algo positivo, como algo que te hace cambiar, que te hace pedir disculpas, que te humaniza.Hay un momento clave en la infancia del personaje: cuando debe tomar la decisión de sacrificar a su caballo herido...Allí descubre que puede tomar decisiones drásticas. Allí siente que se distancia de sus amigos, que ellos no hubiesen hecho eso, que hubiesen pasado la responsabilidad a los mayores. Pero él toma la responsabilidad. El quiere ser adulto, el quiere ser poderoso.El personaje de la sicóloga Irene Sálomon es importante para el protagonista.Es como una acompañante, como una Beatrice, una ayuda. Es la imagen de la mujer justa. No sé si has leído a Sandor Marai: La mujer justa. Es la imagen de la compañera, de la mujer fuerte, de la contraparte del hombre. Es una persona que quiere tu bien así tú mismo no sepas cuál es tu bien. Te lleva contra tu propia naturaleza o contra lo que tú crees que es tu naturaleza hacia lo mejor. Se convierte casi en el ángel de la guarda que él recordaba que tenía siempre a su lado en la infancia. Pero llega un momento en que ella se le hace tediosa, se le hace complicada. Porque cuando recupera la memoria ya no quiere ir por el mejor camino. El quiere gozar del poder que tiene.En ocasiones una novela genera otra novela. En la presentación de En blanco contaste que escribirás la historia de Cristina, la esposa del protagonista.Sí. Ya la comencé. Lo que esperaba era la presentación del libro, que es la parte final de mi participación. Ahora el libro andará solo por el mundo, con el apoyo de los periodistas y agentes culturales. Yo ya no puedo hacer nada por él, ahora puedo más bien ponerme a producir algo más. Y eso es la historia de Cristina, que me tiene en una situación muy peculiar, porque Cristina está contando su historia en primera persona. Pero es cierto, ha habido una especie de vaso comunicante.*Entrevista publicada en Correo.
Obtener el Copé de bronce en el 2006 resultó un auspicioso ingreso en los predios literarios locales. Sin embargo, es con Otra vida para Doris Kaplan (Borrador editores), su primera novela, que Alina Gadea evidencia que estamos frente a una autora que transita a paso seguro.Entrevista CARLOS M. SOTOMAYORFotografía de GIULIANO BUIKLECESi bien en la novela uno puede percibir el drama colectivo, el principal drama es el personal...La violencia en el país es sólo el telón de fondo. Pero en realidad es una trama personal, que curiosamente también encierra dentro de la vida personal de la protagonista, una violencia casera, personal, sicológica. En la trama del libro la protagonista tiene una vida muy atormentada, muy enclaustrada. Y este enclaustramiento y estas situaciones de frustración y de violencia son una metáfora de la violencia que hay afuera. Porque paralelamente se va a desenvolver la historia de una persona allegada a ella, pero de otro circuito social, va a llegar por otro camino a involucrarse en lo que es la violencia política.El desmoronamiento familiar de la protagonista empieza con la muerte del padre.Así es. La muerte del padre tiene que iniciar el libro porque eso da pie a que ella pueda contar su historia de una manera como incorpórea. Es un lenguaje especial el que usa y un tono extraño en realidad, como el que podría tener una voz en off que mira desde afuera de su cuerpo todo lo que está pasando. Y el porqué se va a saber hacia el final del libro. Además, la muerte del padre trae consigo toda la decadencia de la casa, que va emparejada con la decadencia de un país entero.Un aspecto importante en la novela es la relación tortuosa entre la protagonista y la madre.La madre también es una metáfora de la violencia. Porque es una relación sumamente conflictiva. Y yo creo que el conflicto es importante. A veces uno quisiera contar cosas muy bonitas. Pero lo que atrapa a un lector es precisamente los conflictos que conlleva la historia. Y esa relación conflictiva con la madre se va a ir desarrollando cada vez con mayor intensidad hasta llegar a tocar muchas pasiones humanas como los celos, la envidia, el sojuzgamiento de una persona a otra. Es un personaje complejo que encierra esa violencia y es símbolo de la decadencia.A pesar de ejercer violencia hacia su hija, la madre la necesita como para asirse a algo y no terminar de caer...Así es. Es como un náufrago que se agarra de lo que tiene al costado para no terminar de hundirse. Hay una complejidad aquí. No son simplemente personajes como los de algunos textos que no llegan a tener calidad, en donde o son totalmente villanos o totalmente buenos. Porque esto es como es la vida: los seres humanos somos muy complejos.Uno de los aspectos que disfruté más es el manejo de atmósferas...Sí, a mí me gusta mucho el tema de las atmósferas. Yo he hecho inventarios de casas antiguas. Y las casas antiguas encierran una atmósfera especial que así no más no la puede tener una construcción moderna. Y dentro de esa atmósfera yo quise plasmar lo fantasmal, un cuarto dentro de otro, un hombre de sombrero negro que aparece en la madrugada, un hermano muy nervioso al cual la "mama" le da agua de claveles para curarlo del mal del susto.*Entrevista publicada en Correo el 26/01/10.*Versión en vídeo gracias a ROSA MARÍA PUGA.
Eduardo Chirinos reside en Missoula, Montana (EE.UU.), una zona poblada de bosques en donde los incendios forestales no son infrecuentes. Una noche, junto a su esposa Jannine, observó alarmado que en el horizonte se avistaban grandes humaredas. "No te preocupes, Eduardo -lo tranquilizó Jannine-, es humo de incendios lejanos". Así surgió el título de este estupendo y logrado poemario, que ahora acaba de ser publicado en el Perú por Mesa Redonda.Entrevista CARLOS M. SOTOMAYORFotografia de VÍCTOR VÁSQUEZTú tienes el privilegio de publicar en el extranjero, en España y en México. ¿Qué emociones te suscita el publicar en el Perú? Yo no lo llamaría un privilegio. Creo que son cuestiones que tienen que ver con lo errático que es la vida de uno, con las decisiones laborales que uno toma. Como tú sabes, hace 16 años que vivo en Estados Unidos. Eso de alguna manera condiciona mi mirada, mi manera de ver las cosas. La suerte que tuve es que me fui a EE.UU. ya habiendo publicado ciertas cosas acá. Pero de todas maneras pasa el tiempo y, por esas cosas erráticas de la vida, terminé publicando más en España y en México. Y no porque quiera, sino porque me terminó resultando más fácil que en el Perú. Aquí las cosas en términos editoriales para la poesía siempre han sido difíciles. Por eso el real privilegio es más bien poder publicar en el Perú. Eso ha ocurrido gracias a que un grupo de jóvenes peruanos universitarios, muchos de ellos no mayores de 20 años, decidieron arriesgarse a crear pequeñas editoriales. Muchas de ellas con el tiempo han crecido.La música es muy importante tanto en tu poesía como en tu vida, ¿no? Sí, por supuesto, yo no podría vivir sin música. El problema es que Jannine necesita silencio para trabajar. Y yo necesito música. Tal vez porque no escucho bien, la música es absolutamente necesaria porque me aísla en una burbuja particular que impide que me lleguen todos los ruidos de la calle. Y cuando hablo de música, hablo en su sentido más general. Por ejemplo, la música rock, a la que soy muy afecto, o la música clásica. O a toda la música que pertenece a mi educación sentimental. Y creo que la educación sentimental de mucha gente de mi edad -voy llegando a los 50 años- es la música que escuchó en los pequeños radios a pilas. Por ejemplo, el rock de los 60 o la música tropical.Otra característica de tu poesía es que está alejada de la solemnidad...Yo trato de huirle a la solemnidad como el gato al agua. En realidad, no se trata de algo voluntario, sino natural. Provengo de una familia donde no había biblioteca, donde los libros eran más bien una cosa exótica, cara y absolutamente innecesaria. Y eso no está mal: finalmente en mi formación los libros son algo que he ido adquiriendo como una cosa muy personal. Y eso es maravilloso, porque los libros han ido teniendo una presencia en mi vida de una manera tan democratizada y tan plana como la música, como los cómics.¿Cómo recibiste la noticia del Premio Internacional de Poesía Generación del 27 en noviembre pasado? Como si fuera un sueño. Y no estoy dándote una frase entrecomillada. La recibí con sueño porque me llamaron a las cuatro de la mañana y literalmente estaba muerto de sueño (risas). Como entre España y Missoula hay ocho horas de diferencia, los del jurado me llamaron para darme la noticia por teléfono. Yo me desperté sobresaltado pensando que era una mala noticia de Lima. Contesto y me comunican que he ganado el premio, agradezco a cada uno de los miembros del jurado, cuelgo y me voy a mi cama a seguir durmiendo. A la mañana siguiente le digo a Jannine: "He soñado que me daban el premio". Y ella me dice: "No ha sido un sueño, si a mí también me despertaron" (risas).¿Qué tan importantes son los premios? Los premios en sí mismos no sirven para nada, no te hacen ni mejor ni peor poeta. Te dan algo más de dinero, es cierto. Es una ayuda para publicar en una editorial grande. Te abren una serie de posibilidades.*Entrevista publicada en Correo el 19/01/10.**Versión en vídeo en CorreoTV gracias a ROSA MARÍA PUGA.
Texto y
fotografía: CARLOS M. SOTOMAYORAdemás de notable poeta, Martín Adán cimentó una fama de personaje singular, protagonista de más de un suceso digno de recordar. En una ocasión, por ejemplo, le presentaron al pianista peruano de origen belga, Andrés Sas, quien recién había retornado al Perú. El músico le extendió la mano y le dijo, escueto: "Sas, para servirlo". Nuestro poeta, quien jamás había escuchado aquel apellido, creyó que era objeto de una broma. Por ello retrucó: "Zuácate, a sus órdenes". Esta anécdota, junto a muchas más (protagonizadas por escritores peruanos como Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, César Vallejo, por citar sólo algunos) han sido recopiladas por el poeta y periodista Pedro Escribano en Rostros de memoria: visiones y versiones sobre escritores peruanos (Fondo Editorial de la Universidad Ciencias y Humanidades). A propósito de esta publicación conversamos con él. "La idea del libro es reciente -nos cuenta Escribano-. Tendrá un año, no más. Pero en realidad, las historias, las anécdotas tienen una incubación de tiempo, porque cuando yo era profesor, hace casi veinte años, descubrí que había una forma de ganar y acercar a los alumnos a la literatura. Y era, precisamente, contándoles no las obras sino el cuento de la vida del autor. Allí empezó a incubarse lo que después ha devenido en este libro. El libro surge porque me di cuenta que tenía un cúmulo de historias, de relatos, de cuentos sobre escritores. Sólo había que darles una forma". Escribano, quien en 1982 obtuvo el Premio Poeta Joven de San Marcos con el celebrado e inhallable Manuscrito del viento, es un confeso y apasionado lector de biografías. Sin embargo, para articular este libro tuvo que investigar más allá de los libros. "Empecé a buscar periódicos y revistas, a buscar a personajes que pudieran ser los grandes memoriosos de Lima, como Hildebrando Pérez, Reynaldo Naranjo -recuerda Escribano-. Ha sido un trabajo de investigación, sin duda. Pero por otro lado, tú sabes que cuando entrevistamos a escritores, apagamos la grabadora y empezamos a conversar con ellos. Allí aparecen otras anécdotas".MVLL Rostros de memoria presenta algunas anécdotas de Mario Vargas Llosa, como aquella inesperada cena junto a Raúl Porras Barrenechea -entonces presidente del Senado- en el Cinco y Medio. El autor de Conversación en La Catedral pudo leer las anécdotas antes de la publicación. "Él me pidió que se las muestre para que me diga cuáles son ciertas y cuáles no. Algo que para mí me parecía arriesgado, porque bien podía decirme que todas eran mentiras. Pero él además me dice que podría contarme algunas otras inéditas. Entonces, con ese plus que podía ganar, se las mostré". Poco después, vía mail, el novelista le dio su aprobación.Rostros de memoria, como apunta Escribano, es "un retratario. Porque en un gesto uno puede advertir, la dimensión, la grandeza, la sabiduría de un autor. Juan Gonzalo Rose, por ejemplo, en un sola frase te resume un pensamiento, una actitud o una posición ética". Un libro para el deleite, sin duda.*Publicado en Correo el domingo 17/01/10.
El poeta y crítico Luis Fernando Chueca brinda un gran aporte al estudio de nuestra tradición lírica con la publicación de Poesía vanguardista peruana (Ediciones del Rectorado de la PUCP), en dos tomos, que incluye las ediciones facsimilares de libros vitales como, por ejemplo, 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat o Abolición a la muerte de Emilio Adolfo Westphalen, para citar sólo dos títulos. Chueca añade, además, un riguroso y lúcido ensayo introductorio sobre nuestra vanguardia.Entrevista CARLOS M. SOTOMAYORFotografía de VÍCTOR VÁSQUEZ¿Cómo surge este interesante proyecto? En principio nace de una invitación que me hizo Ricardo Silva-Santisteban para trabajar esta edición.Me dijo: quiero hacer para la colección de Obras esenciales una edición de lo más importante de la vanguardia. ¿Te interesa hacerla? Evidentemente, la invitación era estimulante y le dije sí, claro.Luego, lo que estuvimos conversando era cuáles iban a ser los criterios de la edición, qué poemarios íbamos a incluir. Lo que sí venía con la invitación era la idea de trabajar la edición con los poemarios en facsimilar. Así fuimos consiguiendo el material, incluyendo los libros que no se consiguen fácilmente. Y yo por mi parte, además, trabajando todo lo correspondiente al prólogo, la bibliografía. Un trabajo que debe haber demorado un año y medio.Abordas la vanguardia de los años 20 y 30... Desde Trilce hasta La tortuga ecuestre. Aunque claro, en términos de publicación de libro excede a las décadas del 20 y 30, pero es un libro del 39. Entonces, como fecha simbólica para el cierre del período de vanguardia me parecía oportuno. Entonces, entre esos dos márgenes es que se mueve todo: entre Trilce y La tortuga ecuestre.La vanguardia marcó un punto alto de nuestra tradición poética... Sí. Y no sólo eso, yo creo que es el momento y la gente con la que se funda nuestra tradición poética. Su papel es fundamental.Ya había comenzado a despertar ese interés en los 70. Y en los 80 y 90 el interés no sólo se mantiene sino que fue creciendo. Y se han ido presentando cada vez más trabajo sobre autores en particular y algunas aproximaciones sobre el período, sobre el significado de la vanguardia, en términos más abarcadores. Y mis apuntes sobre la vanguardia intentan recoger buena parte de lo que se ha estado trabajando.Muchos estudiosos señalan que la vanguardia latinoamericana ostenta elementos propios... Hay toda una discusión, que es uno de los aspectos con el que empiezo el estudio introductorio: la vanguardia latinoamericana es simplemente un apéndice, una copia de la vanguardia europea o es algo diferente. Y creo que esos estudios a los que tú remites, no sólo en el Perú sino también en el ámbito latinoamericano apuntan a eso: la vanguardia latinoamericana no es el eco, sino que recoge una serie de razones por las que tiene sentido que haya surgido algo como eso acá. Es todo un desarrollo, una corriente, un ánimo y una propuesta estética que si bien toma muchísimo de la vanguardia evidentemente también tiene una serie de aspectos particulares.Incluyes a Magda Portal. Creo que es importante el libro de Magda Portal. Quizás haya algunos poemas que no resultan tan buenos como otros de ese mismo libro. Y quizás si la comparamos con Moro, Vallejo o Westphalen, de hecho no está en esa primera línea.Pero me parece interesante por dos razones: una es que se trata del único poemario escrito por una mujer en la vanguardia.Pero, más allá de eso, porque hay una dimensión en la construcción del texto en que se articula la perspectiva política de la vanguardia, junto a una cuestión más vinculada con el tema del amor.*Publicado en Correo el 15/01/10.**Versíón en vídeo en CorretoTV, gracias a la cámara y edición de Rosa María Puga.
POESÍA:
Durante este año fueron tres los poemarios que atrajeron mi mayor atención. En primer lugar, Teoría de los cambios (Sol negro/Cascahuesos) de Enrique Verástegui. Tiene momentos notables que recuerdan al mejor Verástegui. En segundo término, el póstumo Tren bala (San Marcos/AECID) del desaparecido Pablo Guevara: estupendo. Y, finalmente, Uno rojo (Underwood) de la talentosa Andrea Cabel, quien confirma con este breve poemario que se trata de una de las voces más sólidas de la última década.
Por otro lado, también disfruté mucho de Nocturama (AUB) de Diego Otero, quizás su más logrado libro desde Cinema fulgor. Y, por supuesto, Cadáveres (Mesa Redonda), poemario que evidencia la destreza poética de Alejandro Susti (quien además es un talentoso músico y a quien sigo con atención desde Casa de citas).
También quisiera mencionar los interesantes nuevos libros de cuatro poetas jóvenes: Liebe, la muerte del otro de Víctor Ruiz Velazco, Historia secreta de Paul Guillén, Poemas médicos de Bruno Pólack y Casa de zurdos de Alessandra Tenorio. Todos ellos publicados por Lustra editores dentro de la colección piedra/sangre editada conjuntamente con el Centro Cultural de España.
En el caso de las antologías personales, destaca la aparición de Breviario de Santa Inés (Lustra) del poeta de la generación del 60, Arturo Corcuera.
También habría que resaltar Poetas peruanas de antología (Mascapaycha editores), compilada por Ricardo González Vigil y los dos tomos de Poesía vanguardista peruana (Rectorado PUCP), preparados por Luis Fernando Chueca.
Hubo libros que por diversas razones no pude conseguir. Y me hubiera encantado poder leer Angeles detrás de la niebla (Húnikos) de Tulio Mora, Dorada apocalypsis (Tranvía editores) de mi amigo Domingo de Ramos y Sparagmos (Cascahuesos) de Mauricio Medo: libro del que he oído muy buenos comentarios. Tampoco pude leer el poemario de Mario Montalbetti, un poeta al que aprecio.
CUENTO:
Me gustó El rey siempre está por encima del pueblo (Seix Barral) de Daniel Alarcón. Tiene cuentos estupendos, aunque a nivel de conjunto no alcanza los logros de su primer libro de cuentos Guerra a la luz de las velas. Algo similar me sucedió con La esposa del Rey de las curvas (Peisa) de Alfredo Bryce Echenique. Disfruté varios de sus cuentos, pero el conjunto palidece ante otros notables libros de relatos que tiene en su haber.
Sin embargo, hubo tres publicaciones que me deslumbraron: La palabra del mudo (Seix Barral), en dos tomos que reúnen definitivamente la cuentística completa del celebrado Julio Ramón Ribeyro, Antología íntima (Casatomada) de Carlos Calderón Fajardo y Cuentos incompletos (Lustra) de Rodolfo Hinostroza. También quiero destacar la reedición del primer libro de cuentos de Siu Kam Wen: El tramo final (Casatomada). También pude leer, gracias a una reedición Los olvidados (Estruendomudo) de Rossana Díaz.
Quiero mencionar también Circo (U. Inca Garcilaso) de Nilo Espinoza Haro y El cazador de dinosaurios de mi amigo Gabriel Rimachi Sialer.
Me hubiera gustado leer España, aparta de mí estos premios (Páginas de Espuma) de Fernando Iwasaki.
NOVELA:
Este año, la novela que más disfruté fue Summa caligramática (Editorial Norma) de José de Piérola. También me gustaron El viaje que nunca termina (Ediciones Altazor) de Carlos Calderón Fajardo, La bandera en alto (San Marcos) del desaparecido José B. Adolph, Biografía ilustrada de Mishima (Matalamanga) de Mario Bellatín, Confesiones de Tamara Fiol (Alfaguara) de Miguel Gutiérrez, Memorias de una dama (Alfaguara) de Santiago Roncagliolo y El misterio de la loma amarilla (SM) de José Güich y La paz de los vencidos (Alfaguara/BCR) de Jorge Eduardo Benavides. Me sorprendió gratamente Otra vida para Doris Kaplan (Borrador editores), auspiciosa ópera prima de Alina Gadea.
No puedo dejar de mencionar dos reediciones que me han parecido importantes –ambas las he leído años atrás–. Se trata de El escarabajo y el hombre (Casatomada) de Oswaldo Reynoso y Orquídeas en el Paraíso (Editorial Norma) de Enrique Planas (tengo la primera edición de Los Olivos).
Otra reedición que me pareció importante y que me permitió leerla por primera vez fue la de la novela El último cuerpo de Ursula (SIC) de Patricia de Souza.
A pesar que ya se encuentra en mi mesa de noche, aún no he podido leer Segunda persona (Mesa redonda) de Selenco Vega. Me han dado buenísimas referencias de esta novela que obtuvo el Premio de la Cámara Peruana del Libro.
Me hubiera encantado conseguir y leer Ahí va el señor G de Juan Manuel Chávez y Tapen la tumba de Mirko Lauer.
ENSAYO:
Notable, sin duda, Sables y utopias (Aguilar) de Mario Vargas Llosa. También disfruté Juan Carlos Onetti: el soñador de la penumbra (Fondo de Cultura Económica) de Alonso Cueto, y Mito, cuerpo y modernidad en la poesía de José Watanabe (Cuerpo de la metáfora editores) de Camilo Fernández Cozman.
OTROS:
Un libro que disfruté mucho fue Rostros de memoria: visiones y versiones sobre escritores peruanos (UCH) de Pedro Escribano. Una divertida compilación de singulares anécdotas de autores como Martín Adán, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Blanca Varela, entre otros.
También quiero destacar la publicación de Hora zero: los broches mayores del sonido, preparado por Tulio Mora.
INTERNACIONALES:
Dos novelas lograron deslumbrarme. Una de ellas fue Indignación (Mondadori) del genial Philip Roth –que aunque demoró un poco en llegar a Lima, pude finalmente conseguirla a mediados de año–. La otra fue Invisible (Anagrama) de Paul Auster, otro de mis autores predilectos –novela que pude leer antes de que finalice el año, a pesar de que aún no llega a las librerías limeñas, gracias a mi hermana que me la trajo de España–.
Otras novelas que me parecieron estupendas fueron Los vivos y los muertos (Alfaguara) de Edmundo Paz Soldán, El viajero del siglo (Alfaguara) de Andrés Neuman –Andrés: ya me conseguí Bariloche– y Missing (Alfaguara) de Alberto Fuguet -sin duda, una de sus novelas más personales y una de las que más he disfrutado-. Interesante resultó la lectura de La soledad de los números primos (Salamandra) de Paolo Giordano.
Gracias a una reedición de Estruendomudo pude leer el estupendo libro de cuentos Pájaros en la boca de Samanta Schweblin (ganador del Premio Casa de las Américas). La misma editorial hizo posible que lea la interesante novela Sólo te quiero como amigo de Dani Umpi.
No fueron publicadas este año, pero recién pude leerlas y las recomiendo plenamente: Diario de un mal año (DeBolsillo) del brillante J.M. Coetzee, Chesil Beach (Anagrama) de Ian McEwan y La maravillosa vida breve de Oscar Wao (DeBolsillo) de Junot Díaz. Otra novela que recomiendo es El jardín devastado (Alfaguara) de Jorge Volpi –que a pesar de ser del 2008 recién llegó a Lima el 2009–.
Aún no pude conseguirme la última novela de Orham Pamuk: El museo de la inocencia (Mondadori). Ya tengo la trilogía de Stieg Larsson. Espero acometer su lectura muy pronto.
Cuando lo conocí, a través de las páginas impresas de uno de sus libros, pensé que se trataba de un autor misteriosamente desaparecido. Alguien que, por voluntad propia, había optado por un anonimato silente y eterno. Recuerdo que fue Enrique Cortez quien me mencionó su nombre, por primera vez, en la época en la que dirigía un suplemento literario en el que yo colaboraba con cierta regularidad. Aunque lo que más recuerdo, sin duda, fue aquel primer libro que pude conseguir tras una ardua pesquisa.
Los relatos de El que pestañea muere (en una reedición de 1999, pues la primera data de 1981) me revelaron a un autor de una singularidad y un talento irrefutables. Advertí rápidamente una cercanía, una especie de vínculo filial-literario. Y desde ese momento supe que debía encontrar sus demás libros. Y, además, intentar ubicarlo, conocerlo personalmente. Aunque, confieso, temía que hubiese muerto.
La búsqueda resultó infructuosa. Nadie lo había visto en años e, incluso, algunos mencionaron que un extraño mal lo aquejaba. Me di por vencido. Sin embargo, el destino me traería poco tiempo después una inesperada sorpresa.
Una tarde de agosto. Una tarde cualquiera, en realidad, al llegar a la redacción encontré sobre mi escritorio un sobre manila en cuyo interior descansaba un libro. Tardé en reaccionar. Se trataba de La segunda visita de William Burroughs, una nueva novela de Carlos Calderón Fajardo. Y dentro del libro una tarjeta del autor con su teléfono y dirección. Tras 6 años de silencio y una rara dolencia, Calderón Fajardo reaparecía revitalizado. Así lo conocí, con el inevitable pretexto de una entrevista. Y así surgió una amistad que valoro tanto como sus libros, de los que me volví un entusiasta lector: desde los primeros, que él muy gentilmente me facilitó (entre los que destaca la espléndida La conciencia del límite último), hasta el último, El viaje que nunca termina, que adquirí hace poco, en la sección de novedades de una librería.
José de Piérola es, sin duda, uno de los más interesantes escritores peruanos de las últimas décadas. Summa caligramática (Norma, 2009), su más reciente novela, nos muestra a un autor en pleno dominio de sus recursos expresivos.Entrevista CARLOS M. SOTOMAYORFotografía: VÍCTOR VÁSQUEZLa novela luce una estructura compleja. ¿Cómo fue el proceso de escritura? Sí, la estructura fue quizás lo más difícil de la novela. La novela empezó hace varios años. Recuerdo que en el año 2002 tomé notas sobre esta noción del niño prodigio, del niño genio, que siempre me ha parecido interesante para hacer una ficción. Sobre todo porque tiene algunas implicaciones que he tratado de desarrollar en la novela. Y después, en el 2005, no sé si recordarás, apareció una niña norteamericana de 9 años cuyos padres firmaron un contrato por 150 mil dólares por su primer libro de poesía. Y eso me dejó pensando. Y recordé también el caso en el Perú de Mirko Lauer, que de muy joven era considerado un niño prodigio. Ese es uno de los ingredientes de la novela.¿Y el otro?El otro ingrediente es una conversación que tuve con un poeta peruano, quien me ha pedido que no mencione su nombre, y que tuvo un episodio de pérdida de la razón. Y dentro de ese episodio se encontró con Alejandra Pizarnik y habló con ella. Y tuvieron un diálogo muy intenso. Obviamente, todo en su imaginación, pero con ese fenómeno de ilusión que le hizo pensar que era real. A partir de allí, ambos ingredientes empezaron a juntarse y se convirtieron en una sola narración.¿Cómo articulaste la novela? El primer borrador lo escribí en primera persona, desde el punto de vista del niño prodigio ya adulto. Y había algo que no funcionaba en esa narración en primera persona. Entonces, me pareció interesante el reportaje clínico. Sin embargo, me pareció demasiado clínico para contar la historia. Porque me interesaba mucho entrar más en el personaje, tener la posibilidad que tiene la novela de entrar en la mente y en la emoción del personaje. Así que al final encontré este camino intermedio que es un narrador que reelabora un texto escrito en tercera persona. Eso es lo que crea los tres niveles de voces narrativas que hay en la novela.En el caso de los niños-prodigio la figura del padre juega un rol particular. Pienso, por ejemplo, en casos como el de Mozart... Por supuesto. Y siempre hay este padre que reconoce el potencial en el niño y quiere en ese niño, supongo yo, lograr algo que él no pudo lograr. Y eso es muy frecuente: padres que tratan de que su niño gane un premio o se vuelva una estrella. Y esa relación es muy difícil de entender. Porque por un lado es posible que al niño le encante ese mundo adulto al cual es sometido o es posible que no le guste ese mundo.Otro tema que se aborda en la novela es el de la identidad...Sí, la idea de la identidad. Cuánto de nuestra memoria y nuestra forma de pensar viene en ese proceso de vida y cuánto de nuestra identidad depende de ese proceso. Qué pasaría si en un momento perdemos la memoria, por ejemplo. Cuánto de nuestra identidad se mantiene. Hay una novela de Umberto Eco que se llama La misteriosa llama de la reina Loana en la que el personaje principal pierde la memoria biográfica o memoria episódica, pero mantiene la memoria semántica. Entonces él va a la casa de su infancia y empieza a revisar lo que leía de niño y encuentra muchas referencias fascistas. Y se dice: ¿seré yo un fascista viejo y amargado? Y en esa búsqueda de recuperar su memoria intenta recuperar su propia identidad. Y está entonces el tema de la responsabilidad. Qué pasa cuando tú ignoras haberle hecho un mal a alguien. ¿Tienes responsabilidad o no? Qué pasa cuando, después, sabes que tu acción ha producido un efecto negativo en otra persona. Esos eran los temas que me fascinaban para explorarlos en esta novela.Otra idea que me hace reflexionar a partir de la novela es esta relación tan estrecha entre la genialidad y la locura.Sí, ese es otro de los temas que me interesaban. Y que aparece con mucha frecuencia. Y una de las nociones que aparece implícita en la novela es qué pasa cuando eres un poco diferente a los demás. En la Edad Media todas esas personas, entre las que podríamos considerar genios o locos, estaban en la misma categoría. Y seguramente esa relación tiene que ver con ese miedo, temor o ansiedad que produce aquello que no podemos entender. Y como la genialidad y la locura están fuera es fácil conectarlos en términos de cultura popular. Y debido a que esta relación existe es muy fácil hallar la correlación. Y es posible que alguien sea empujado a una forma de locura.Esta novela es distinta a las anteriores...Lo que ocurre con muchos escritores es que uno tiene un tema que aparece en un momento, y reaparece, y está allí como esperando su oportunidad para aparecer en libro. Y es sólo una noción, ni siquiera es un tema elaborado. Pero es una noción básica que después se va a desarrollar. Y gran parte de la fascinación de escribir para mí es ver hacia dónde me puede llevar este tema.*Entrevista publicada en Correo el viernes 11/12/09.