Esta noche, a las 8.00 pm, Intermezzo tropical presentará Libro del Sol y otros poemas, del desaparecido poeta Josemári Recalde (1973-2000). La cita es en el Espacio La Culpable (Sucre 101, Barranco) y contará con la participación de Victoria Guerrero, Luis Fernando Chueca, Alexis Iparraguirre y Roger Santiváñez (éste último ofrecerá leerá poemas de su nuevo libro: Amaranth).
Sobre la obra poética de Recalde, el escritor José Güich señaló en un mmedio local: “Una de las características más notables de la escritura de JMR es la unión de tradiciones en apariencia distantes, como la mística de raigambre cristiana, la de los pueblos originarios de América -con sus ancestrales y luminosas prácticas chamánicas- y los ritos mistéricos de la antigüedad greco-latina”.
“Sermón Ad Mortuos” de Josemári Recalde
Al final de los mitos,
Cuando todo se halla evaído,
encontraremos quién sabe una luz,
no no quiero
pertenecer más a la realidad verdadera
ni a la falsa,
por eso incendio mi cuerpo.
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jueves, 11 de marzo de 2010
martes, 13 de enero de 2009
Entrevista a JOSÉ GÜICH

José Güich ha urdido en Los espectros nacionales (San Marcos, 2008) ocho historias en las que a través de lo fantástico explora la historia y el pasado. A propósito de esta, su tercera entrega editorial, Güich reflexiona sobre su particular apuesta literaria.
Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR
La mayoría de los cuentos de este libro aparecieron originalmente en diversas publicaciones.
Efectivamente, la mayor parte de estos cuentos se fueron escribiendo en el transcurso de dos años. Y curiosamente, a pesar de que había una agenda establecida para un tercer libro, después de Mascarón de proa, no me decidía a trabajar en esa agenda de 8 o quizás 9 relatos, que ya tenía además ciertos apuntes previos para tener una idea de lo que iba a ser el libro. Y a veces salían los cuentos a pedido de los amigos. En el caso de "Los espectros nacionales", ese cuento se escribió a pedido de mi amigo Francisco Tumi, que en esa época era editor de Etecé. Él me dio el impulso para empezar este libro. Entonces, los amigos fueron básicamente los responsables de que el libro saliera antes de lo que yo hubiese pronosticado.
¿Cómo ves este libro con respecto a los dos precedentes?
Me interesaba un libro en donde los relatos tuvieran más conexión entre sí, que hubiera más vasos comunicantes en torno a una idea común. Eso no estuvo presente ni en Año sabático ni en Mascarón de proa. El primero es más antológico, es un libro de estreno, además, un libro de tributos. El segundo sí es un libro más pensado como un sistema de cuentos, pero creo yo no tan consolidado. Pero en esos dos libros no existía un ánimo que sí aparece en este libro, que es algo más estructurado en torno a una idea general, que es la idea de los fantasmas, de las pesadillas, de los espectros que habitan en la vida de los seres humanos y de los pueblos.
Y a través de esos espectros hay una reflexión en tornoal pasado…
Efectivamente. Y creo que eso ya estaba presente en Año sabático y en Mascarón de proa, el tema del tiempo, del pasado, que son para mí cruciales. Creo que es parte de un proceso que viene desde que yo era muy chico. Siempre me ha obsesionado el pasado, la idea de que hubo algo antes de este presente que vivimos. Y creo que hay algo que finalmente nos conecta con ese pasado. Y creo que el pasado que presiona a la mayoría de los personajes es una metáfora de la existencia como la veo yo: somos seres hechos de pasado, de memoria, de recuerdos.
En "El otro monitor", uno advierte la influencia de Bioy Casares…
Sí, la influencia de Bioy Casares es marcadísima. Algunos me han dicho que es más Borges que Bioy Casares. Pero ese cuento en particular le debe mucho a La trama celeste del gran Bioy Casares, el tercer gran gigante de la literatura fantástica rioplatense junto a Borges y a Cortázar. Es un escritor notable. Yo recuerdo con una emoción casi febril mis primeras lecturas de Bioy Casares allá por los años 80.
Ese cuento, además, se lo dedicaste a José B. Adolph, otro estupendo cultor del género fantástico, desaparecido el año pasado. ¿Qué recuerdas de él?
Pepe, en el poco tiempo que nos tratamos, y esto es para mí muy emocionante, me acogió como su amigo. Nunca olvidaré esas tardes en su casa. No fueron muchas, lamentablemente. Lo conocí por intermedio de Daniel Salvo, que lo frecuentaba. Yo estaba muy emocionado de sentir que era amigo de un escritor de su talla, un escritor que tiene que ser más reconocido que antes, es un escritor que merece toda la gloria posible.
El último relato del libro puede leerse como una novela corta. ¿Se puede entender como el anuncio de una novela a futuro?
Es una pregunta interesantísima. Creo que sí, creo que ya desde Mascarón de proa los cuentos anunciaban que había una vocación novelística. En una conversación, una vez les dije, a Manolo (Eráusquin) y a ti, que para mí el cuento era algo muy distinto que la novela. Y es probable que ahora sí me sienta más seguro en ese rumbo novelístico. De hecho que tengo ya un proyecto medio detenido, pero que ya está en la recta final.
*Entrevista publicada en Correo el martes 12/01/09.
**Fotografía tomada de Porta9.
domingo, 8 de junio de 2008
CALDERÓN FAJARDO por GUICH
Uno de mis autores predilectos, desde que leí los cuentos que conforman el libro El que pestañea muere, es Carlos Calderón Fajardo. Eso fue hace varios años, mucho antes de conocerlo personalmente. A partir de ese momento me convertí en un entusiasta lector de los libros que ha venido publicando. Acaba de aparecer, dentro de la conocida serie Underwood, un libro que bajo el título de Playas recoge dos cuentos inéditos que conformarán el nuevo conjunto de relatos de Calderón Fajardo. Pepe Guich ha señalado en su columna de Correo que se trata de un adelanto “prometedor a todas luces. Da cuenta de un autor en la búsqueda de otros territorios. Y es de presumir que las diosas asentadas bajo la superficie desde eras inmemoriales harán que ese navío llegue a buen puerto y no naufrague calamitosamente. Con lo examinado, parece que los vientos son favorables”. Lean el texto completo. Ya esperar ansiosamente la publicación de ese nuevo libro (además de aquellas dos novelas finalistas en importantes concursos literarios de carácter internacional).*Fotografía de ADRIÁN PORTUGAL.
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martes, 6 de noviembre de 2007
TREN DE ATERRIZAJE
EL EXILIO INFINITOPor JOSÉ GÜICH
Treinta años después de la desaparición de Luis Hernández (Lima, 1941-Buenos Aires, 1977), las poco claras circunstancias que rodearon su muerte aún constituyen señuelo para concitar la atención pública, más allá de los cenáculos y cofradías que podrían atribuirse o no la vigilancia sobre la obra de un poeta absoluto y entrañable. El trágico final de Hernández en Argentina, durante los días de la salvaje dictadura militar presidida por Videla, continúa inevitablemente asociado al misterio. Entre tantas historias, es factible que cayera víctima de la represión, acostumbrada a genocidas prácticas de “limpieza social” en las calles de Capital Federal y otros conglomerados urbanos del país. Encarpetado como suicidio, el caso aún aguarda una solución convincente.
Apartándonos de la crónica policial, surge en el escenario otra antología, de aspiraciones conmemorativas, esta vez diseñada por Edgar O´Hara, quien ya ha sido responsable de compilaciones y ediciones críticas a propósito del autor. Como atractivo adicional, el volumen incluye un dossier fotográfico, estructurado con imágenes del archivo de Herman Schwarz. La soñada coherencia se propone brindar una muestra de los registros intimistas de Hernández, quizá algo eclipsados por poemas más lúdicos y celebrados, o aquellos sostenidos por el diálogo con los referentes culturales (la música, la pintura, el cine) que moldearon un universo sin precedentes en la poesía peruana (exceptuando a Eguren). Para ello, O´Hara ha preferido trabajar su selección con el material de los cuadernos y manuscritos sueltos que el autor de Orilla, Charlie Melnik y Las constelaciones (los tres libros de LH publicados en vida) elaboró cuidadosamente, a lo largo de varios años, en su mayoría destinados a sus amigos próximos.
En esas caligrafías, aparecen los que sin duda son sus mejores versos de temática amorosa. Redescubrir esta zona de una escritura tan personal y sujeta a la mitificación -por razones evidentes-, solo confirma la calidad del poeta, siempre mayor que su leyenda. Hernández no envejeció: ha sobrevivido a la canonización y al fetichismo, cuando no a la morbosidad biográfica. Un breve texto, en particular, conmociona tanto por su belleza transparente y luminosa, como por el hecho de vincular al ser amado, a la donna angelicata, con una desgarradora condición de “exiliado interior”, de foráneo en un mundo hostil e insensible: “Extraña es tu alma, Amor/ Más extraño aún/ Quien te ama”.
En su tonalidad de viejo y sabio epigrama, el poema rubrica sin atenuantes que en un creador de tales contornos resulta inútil separar el lirismo y la sorpresa de metáforas inauditas, especialmente porque estas nacen de la sencillez y de las palabras cotidianas. Y porque los actos del poeta siguen siendo de los más solitarios sobre la Tierra, como LH, querido Gran Jefe Un Lado del Cielo, predicó hace ya tantas lunas, mientras contemplaba el océano, origen de los dioses.
Autor: Luis Hernández
Título: La soñada coherencia
Edición de Edgar O´Hara.
Editorial: Mesa Redonda (252p.)
domingo, 23 de setiembre de 2007
TREN DE ATERRIZAJE

EL FIN DE LA INFANCIA
Por JOSÉ GÜICH
La irrupción de nuevos vientos en la poesía peruana, escrita a partir de la década de 1990, es aún materia por descifrar, pese a que ya existen panoramas de distinta calidad y sesgo crítico. La explosión de los blogs, en los últimos cinco años, también ha contribuido, para bien o mal, a la difusión de ensayos y otras tentativas de interpretación.
Al margen de las bondades y defectos de la “blogosfera”, sigue aleteando a su libre albedrío el fantasma del canon. ¿Quién de los poetas que tomaron el escenario por asalto entre fines de los ochenta y durante gran parte de los noventa pasarán sin aduana o salvoconducto al Parnaso? Será un puñado infinitesimal, porque la autenticidad, el talento y la vocación honesta no se venden en supermercados.
Tanto el desencanto noventero y la fundación de un territorio en medio del caos propician senderos como los de José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976). Desde El libro de las moscas (1997) hasta Horoskop (2007), Yrigoyen ha sabido crear una especie de coto de caza, gracias a un competente dominio formal, conocimiento de la tradición y a una planificada estrategia de choque con el circuito. A eso se suma la provocación nihilista. El riesgo de los clisés o lugares comunes de la irreverencia o el parricidio era muy grande.
Sin embargo, Yrigoyen lo ha sorteado con solvencia. En Horoskop, libro editado en México por el sello El Billar de Lucrecia, el poeta vuelve a apostar por la narratividad, aunque menos unitaria y controlada que en sus entregas anteriores. Eso es, ciertamente, saludable.
Una voz identificada con la primera persona alterna sus vagabundeos y desvaríos con las andanzas de un personaje femenino, cuyo nombre recuerda al vaticinio trasnochado de los astrólogos de hoy. El libro está dividido en tres secciones, vinculadas por un sentido de la circularidad, de retorno a un punto de partida; el texto se inicia con la juventud de Horoskop y finaliza con una referencia a la misma “entidad”, que ahora aparece dislocada, desmembrada, como en un rito propiciatorio. Es llamativo el hecho de que el registro, en la tercera parte (Un día en la vida de Bonnie Consolo), consolide un retorno al verso más concentrado en la imagen por la imagen misma que en una “historia” o serie de peripecias marginales a propósito de los conflictos de identidad –intelectualizados, como ocurre en El libro de las señales–.
De la edificación del mito (y desnudamiento) personal que nutría a sus primeros libros, hoy Yrigoyen parece reclamar para sí una escritura menos dominada por los demonios interiores y más próxima al redescubrimiento de la auténtica magia de la poesía. Saldadas las cuentas con el pasado, otra vez irrumpen la iluminación y el sueño; cielo e infierno cohabitan en un solo tubo de ensayo. Se eclipsó el justo y necesario malditismo: la precocidad cede paso a la madurez. Una infancia ha concluido.
Autor: José Carlos Yrigoyen.
Libro: Horoskop
Editorial: Ediciones El Billar de Lucrecia (México), 2007(55pp).
lunes, 10 de setiembre de 2007
TREN DE ATERRIZAJE

ILUSIONES PERDIDAS
Por JOSÉ GÜICH
Las novelas ganadoras de los concursos que los sellos multinacionales suelen convocar con regularidad, como una zona de sus lógicos afanes por generar utilidades, crean siempre un estado de alerta en los medios y en quienes están pendientes de tales lanzamientos. Bienvenida sea esta coyuntura, porque consolida una actividad que, para los autores, debería ser exclusivo medio de vida, aquí o en cualquier lugar. Por otro lado, también es cierto que, salvo excepciones, los jurados suelen inclinarse por obras que se amolden sin problemas a la percepción y a los gustos de un particular segmento de consumidores.
En El susurro de la mujer ballena (2007), del escritor Alonso Cueto (Lima, 1954), finalista del Premio Planeta-Casamérica, todo está en su sitio: una historia de interés, un estilo que apuesta por el tono directo y dinámico, así como un atractivo “enigma”. Nada de conceptos muy densos que sobrecarguen el paisaje: la historia de Verónica Ross, bella limeña, destacada editora periodística, y de Rebeca del Pozo, mujer de negocios y de una obesidad descomunal, gira en torno de un amor-odio que se remonta a fines de la década de 1970 e inicios de 1980. Tal obsesión por lo aséptico, en términos editoriales, es lo que atenta contra la novela.
El conflicto entre Verónica y Rebeca no trasciende la anécdota del resentimiento entre condiscípulas, principalmente porque el autor orienta esta fuerte polaridad hacia los terrenos del melodrama. Esto, en principio, no es cuestionable como recurso, pero en El susurro de la mujer ballena, la irrupción de esas marcas es excesiva, por instantes estereotipada, y le resta contundencia al terrible trauma sicológico que Rebeca afronta durante toda su vida, producto de las crueles burlas de sus compañeros.
Asimismo, la preocupación por una oralidad característica del sector A ha propiciado ciertos tics, como la reiterativa expresión “oye” en la mayoría de los diálogos. A esos desbalances de estilo, habría que sumar alguna impostación cuando los personajes intentan ser más reflexivos; por ejemplo, el discurso final de Rebeca resulta demasiado retórico para alguien que ha sufrido lo indecible, y que ciertamente no guarda equilibrio con las conversaciones más “limeñas” y, por ende, más espontáneas y ágiles.
Por último, el desenlace del “misterio” que separó a las grandes amigas no calza del todo con la expectativa que el autor hasta esos instantes ha sabido sostener con evidente oficio, pese a las interferencias ya mencionadas. El susurro de la mujer ballena sin duda satisface los estándares de recepción tan perseguidos hoy por los monstruos de la industria. Pero dentro de su innegable eficacia funcional, no llega a ubicarse a plenitud en ese universo de novelas que marcan al lector como una cuchillada inexorable o un mordisco en el cuello.
Autor: Alonso Cueto
Título: El susurro de la mujer ballena
Editorial: Planeta (259pp)
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domingo, 12 de agosto de 2007
TREN DE ATERRIZAJE

El estupendo escritor y lúcido crítico, José Güich, reaparece hoy domingo con su columna de crítica literaria "TREN DE ATERRIZAJE", en esta oportunidad desde el diario Correo.
RIESGOS CALCULADOS
Escribe JOSÉ GÜICH RODRÍGUEZ
¿Pueden la corrección y eficacia de una historia ser suficientes justificaciones para garantizar, en nuestra era, la trascendencia de un texto literario o en términos más solemnes, su tránsito al santoral diabólico de las letras? Y esa cuestión conduce a otra, a la manera de una reacción en cadena: ¿qué significaría “trascendencia” en este mundo, canibalizado por la estadística y la mentalidad cortoplacista?
A puerta cerrada, libro de relatos de la socióloga y narradora Leyla Bartet, bien debe figurar en un catálogo de libros que cumplen con las aparentemente estrictas reglas del control de calidad de las editoriales mediáticas: historias incitantes, personajes atractivos y situaciones suficientemente morbosas –en algunos relatos– para despertar el interés del público lector y propiciar buenas ventas. De hecho, por lo menos dos de los cuentos deberían ser considerados como respetables muestras de oficio literario y hasta figurar en futuras antologías. Sin embargo, no subyace al texto un criterio orgánico; o al menos, no queda claro si la autora contempló la idea de elaborar puentes que comuniquen a las distintas secciones –tres en total–, o si pensó que esos circuitos se establecerían por sí mismos.
La primera sección, Locuras, aborda el tema de las patologías mentales desde diversos ángulos, especialmente en el siempre suculento universo de los serial killers. Hay elementos de suspenso y ambigüedad, pero el problema de la mayoría de cuentos es el apresuramiento (o a veces previsibilidad) de sus desenlaces.
Mejor fortuna corre el segundo segmento, Juegos Villanos, donde figuran los textos más acabados. Ahí la autora revela su pericia. Uno es "Bahía de Cata", que transcurre en una pequeña localidad venezolana. Está narrado desde la perspectiva de una muchacha, obsesionada con su iniciación sexual, y envidiosa secreta de su muy bien dotada hermana, una tigresa en los terrenos del erotismo. El otro, "Puerta cerrada", es la historia de una mujer joven, esclava de la maternidad. Vive en París con un marido que apenas repara en ella. El final, ciertamente cruel, sorprende y perturba porque recrea pesadillas o, más bien, anhelos inconscientes.
La tercera sección, Olores, colores, en su tratamiento costumbrista, no añade demasiado a los mejores momentos del libro. A fin de cuentas, si esta es una época herida de muerte por la inmediatez y el aséptico cálculo del riesgo, el libro de Bartet no se lee con disgusto, pero queda una sensación de que el exceso de sociologismo –y el pensar en una lectoría muy segmentada– anuló la ambición de ascender a mayores alturas.
Título: A puerta cerrada.
Autor: Leyla Bartet.
Editorial: Peisa, 140 pp.
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