viernes, 9 de julio de 2010

Entrevista a FERNANDO AMPUERO

Escritor Fernando Ampuero (Foto: CMS)

Fernando Ampuero acaba de publicar Fantasmas del azar (Editorial Norma, 2010), un libro que reúne su cuentística completa, desde el inicial Paren el mundo que acá me bajo hasta los cuatro más recientes relatos que conformarán un próximo conjunto. Guarecidos del cruento invierno en la comodidad de su departamento miraflorino, la charla, siempre entrañable, giró en torno a su reconocida obra literaria. 

Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR

Tú has explorado todos los géneros (cuento, novela, poesía y teatro). ¿Se puede decir que en el cuento es donde te sientes más cómodo?
Sí, efectivamente, el cuento es el género por excelencia. Yo creo que me siento más cómodo porque, fuera del hecho de que me parezca el más difícil, es el que se adapta más a mi forma de vida. Yo tengo, como tú sabes, una doble vida: la del periodista y la del escritor. Y tengo que conjugarlas. Para escribir novelas uno necesita una disciplina diaria, estar todo el tiempo manteniendo un mismo temperamento. En cambio, cuando se escribe un cuento uno puede ir pensando la historia durante dos semanas, mientras manejas en el auto… vas dándole forma, vas completando cada una de las fisuras, de las cosas dichas y no dichas, de lo que subyace en el cuento, de los diferentes niveles de narración. Pero todavía no estás escribiendo, estás pensando. Entonces, te sientas a escribir y lo terminas en una semana. De alguna manera mis novelas son como cuentos largos, no tienen más de 200 páginas. Hay una característica, eso sí, que diferencia mis novelas de mis cuentos. En mis novelas los personajes son callejeros: un cambista de dólares del primer gobierno de García, la prostituta de la época de Montesinos y Fujimori con el vendedor de enciclopedias, o el taxista que vende borrachos. En mis cuentos, digamos en el 80%, los personajes pertenecen a la clase media y a la clase alta. Yo esto no lo he hecho voluntariamente. Uno va revisando tus libros y te vas dando cuenta de esto.

Al observar tu obra cuentística, desde Paren el mundo que acá me bajo hasta los últimos relatos, uno advierte un tránsito hacia la concreción. 
Para mí este libro es muy significativo y muy importante. Primero porque es una compilación de mis cuentos completos. Después, porque junta mis libros de juventud: Paren el mundo que acá me bajo, que escribo a los 19 años; Deliremos juntos, a los 22. Y hay allí un proceso de depuración. Voy primero explorando diferentes modos de escritura. Vas a ver que “Muchacho de la playa” tiene una prosa casi poética, barroca. “Paren el mundo…” tiene un estilo visual y directo que después he desarrollado. “Irse por las ramas” es un experimento de novela policial. Entonces, vas viendo que hay como una búsqueda, pero que ya va decantándose poco a poco mi voz narrativa, hasta llegar a lo que es verdaderamente mi expresión, que es el último cuento que inserta en una de las tantas reediciones de Deliremos juntos: “El departamento”. A partir de allí ya se pasa a mis cuentos de madurez, que es mi etapa más conocida: Malos modales, Bicho raro y Mujeres difíciles, hombres benditos. En donde ya soy, pues, un escritor en el control de sus medios. No es que lo otro esté descontrolado, sencillamente es la etapa en la que buscas diferentes opciones de expresión.

En este libro incluyes, además dos relatos (Vidas soñadas) que aparecieron en Gato encerrado, tu libro de crónicas.
Cuando decido incluir Vidas soñadas estoy poniendo en realidad relatos de esa época. Porque como tú sabes hay un gran vacío en mi producción entre lo que algunos críticos han llamado el “primer Ampuero” y lo que vendría a ser el “segundo Ampuero” (risas). Y eso se debe a toda la etapa del terrorismo en la que me dediqué al periodismo por completo. Tuve los programas de televisión: Documento, Uno más uno. Trabajé en Visión con el inefable César Hildebrandt, en algún momento trabajamos juntos (risas). Fue una etapa en la que yo sentía que debía dedicarme más a cumplir con mi funcionalidad social, digamos, ser un periodista que explicara un poco la situación y las grandes contradicciones del país. Cuando eso empieza a amainar vuelvo mi narrativa y aparecen Caramelo verde, Malos modales… Y ya soy un escritor en sus treinta. Entonces, ahora que hago la compilación, me di cuenta que esos dos textos que están en Gato encerrado, y que ahora han sido reeditados por Alfaguara en ediciones de bolsillo, con un prólogo de Enrique Zileri, dicho sea de paso, debían estar incluidos aquí, porque cubre esa etapa de los 80 en donde no publico literatura.

Dos textos que tienen cierto tono literario…
Claro, ya es un periodismo con un tono literario, porque probablemente estaba extrañando hacer literatura. Pero como estaba tan metido en el asunto periodístico, estábamos a bombazos todo el tiempo, y faltaba el agua y la luz… tú te acuerdas de eso. La memoria es frágil y mucha gente se olvida, pero pasamos unos diez años horrorosos.

Y al mismo tiempo, muchos de tus cuentos, como lo ha acotado el crítico Julio Ortega, tienen influencia de la crónica…
Bueno, lo que ocurre es que a mí el periodismo me ayudó mucho a decantar mi lenguaje. La mayoría de mis cuentos y novelas van al grano, como generalmente procedemos los periodistas. Lo que pasa es que yo hago una ósmosis: utilizo en el periodismo elementos literarios y a la inversa, cuando escribo literatura trato de ser lo más cercano de lo que es el periodismo en cuanto la visión directa, clara, luminosa y fluida. No hago propiamente periodismo, pero sí me interesa un lenguaje directo, limpio, de frases claras, despojado de ornatos superfluos. Y esto se inscribe en una tradición literaria, por supuesto, en donde están Hemingway, Salinger, Carver y otros escritores que escriben con un estilo casi de alambre. Todos hijos, por supuesto, de Chejov y Turgueniev y de otros autores de estilo directo y claro. A mí me interesó más esto que, digamos, lo contrario, el escritor de tipo Faulkneriano, que cabalgan frases. Y no es que me disgusten esos escritores: yo leo con gran placer a William Faulkner y a Javier Marías que tienen ese estilo. Pero lo que me parecía que se acomodaba más a mi visión era ese estilo directo. Lo que me interesaba era alcanzar la proeza de lograr densidad literaria a través de un estilo tan desnudo. 

Lima es la protagonista de tus libros. ¿Cómo es tu relación con esta ciudad?
Cada escritor escribe sobre lo que más conoce. A mí me gustaría escribir sobre Abancay o haber podido escribir Los ríos profundos, que es un libro que admiro mucho, pero yo no he vivido esa realidad. No lo voy a hacer bien. Pero sí conozco la ciudad, sí conozco Lima. Como te he mencionado en mis novelas los personajes son populares y en mis cuentos son de clase media y alta. Esos son los mundos que yo conozco. Como periodista yo he tenido el pasaporte para ingresar a todos los submundos de la ciudad, pero también a los salones elegantes. Tú sabes cómo es el trabajo del periodista, lo he hecho con tu padre, que es un excelente diseñador, en Caretas. Uno puede un día estar en las oficinas lujosas de un ministro de Estado y a la noche estar en la casa precaria de un dirigente sindical a las afueras. La ciudad para mí es la protagonista, por supuesto, de una u otra manera, de toda mi literatura. Lima me mata, era una frase que salió hace poco de una muestra pictórica. Pero eso lo decía yo hace muchos años: “Lima me está matando y yo la quiero matar” (risas). 

Una de las recurrencias que encuentro en tu literatura es aquella mirada irónica y lúdica, además de un elemento constante de revelación y asombro.
Sí, yo siempre me he esforzado en un objetivo: construir una mirada, una percepción del mundo. Y esta percepción del mundo tiene un acicate: el asmobro. Yo siempre he tratado de mantener mi capacidad de asombro lo más fresca y lozana. 

Además de aquel silencio de los 80, hay otro gran silencio en tu narrativa, que va desde Bicho raro (1996) y Mujeres difíciles, hombres benditos (2005). Es una época en que debes enfrentarte a una difícil enfermedad. Y por esos años aparecen dos poemarios. ¿No es casualidad esa incursión poética, verdad?
No es casual, claro. Yo ya tenía un sentimiento premonitorio de algo que se me venía, y por eso escribí los poemas de Voces de luna llena, que son poemas que reflexionan sobre al amor, el deterioro y la muerte. Ahora, justamente, en agosto, va a salir una antología personal de mi poesía (con algunos poemas nuevos). En ese proceso, claro, había lo que en mí se llamó como “un poeta tardío”. Y claro, para el gran público soy un poeta tardío. Pero yo ya era un poeta desde un primer momento…

Incluso, en tu primer libro se advierte esa veta poética.
Claro, y ya había publicado poesía en algunas revistas. Lo que pasa es que no opté por publicar un libro de poemas. Mi vocación es más narrativa.

1 comentario:

Olga Fuchs dijo...

Me gusta tu blog, y esta entrevista es muy precisa.
Saludos,
Olga Fuchs (Caracas)
luzdetexto.blogspot.com