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miércoles, 20 de febrero de 2008

MURAKAMI


Existen escritores cuyos libros uno disfruta mucho. Autores que nos deslumbran ya sea por el despliegue estructural o por el derroche verbal de sus cuentos o novelas. Y existen, además, aquellos con los que uno logra sintonizar de una manera particular. Aquellos en los cuales uno logra reconocerse. No me refiero, obviamente, a sus atributos literarios –mi soberbia no apunta en esa dirección–, sino a un tipo de sensibilidad compartida. La primera vez que leí la novela Tokio blues del japonés Haruki Murakami –siguiendo la recomendación de Ezio Neyra, si mal no recuerdo, y gracias a la generosidad de Lucho Zúñiga, quien me prestó su ejemplar– descubrí a un autor que por momentos sentía demasiado cercano. Hace unas semanas, al releerla –ahora sí en un ejemplar propio, que mi adorada hermana Fanny me trajo de España– volví a tener la misma percepción. Quizás por aquel tono melancólico que la novela y su protagonista irradian, y que para mí resulta tan natural, dado mi propio y peculiar temperamento. O quizás porque en Midori y Naoko creí reconocer a dos personajes femeninos de mi propia historia personal. Y, claro, la presencia de la muerte, la pérdida de un ser querido, que desde hace algunos años se ha tornado en un tema obsesivo en mis lecturas y en mi propia escritura. Lo que me llevó a subrayar el siguiente párrafo de la novela: “El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso” (p.356).
De esta manera, me he convertido en incondicional y febril lector de Murakami. Y espero poder conseguirme pronto Crónica del pájaro que da cuerda al mundo –Alberto Isola me habló muy bien de esa novela hace algún tiempo atrás en la librería del Centro Cultural de la PUCP– y, por supuesto, el libro de cuentos Sauce ciego, mujer dormida, cuya traducción al español, según me entero gracias al blog de Iván Thays, acaba de publicarse en España.
Como no podía ser de otra manera, culmino estas líneas escuchando las notas musicales de "Norwgian wood" de The Beatles. Cierro los ojos e intento imaginar la voz de Reiko, canturreando aquel tema con su guitarra en medio de la noche.


*Foto: Carátula del libro Tokio blues, en edición de bolsillo de Tusquets (¿Por qué no llegan esas ediciones al Perú? Serían más asequibles que las carísimas ediciones de Tusquets que se encuentran en nuestras librerías)

martes, 18 de setiembre de 2007

MURAKAMI


Cuando descubro a un autor –es decir, uno que no he leído antes– que logra atraparme a través de su particular universo narrativo, me convierto en un apasionado lector suyo. Y surge así una incesante búsqueda de libros que puedan encontrarse aquí en Lima, o, incluso, en otras latitudes. Haruki Murakami, el muy comentado escritor japonés, es un caso de estos. No recuerdo exactamente quién me lo recomendó por primera vez (no sé si fue Ezio Neyra o Luis Hernán Castañeda), pero desde que leí las primeras líneas de Tokio blues, en la bella edición de Tusquets, descubrí a un autor no sólo notable sino que además congeniaba con mi propia sensibilidad de entender y sentir el mundo. Hace poco me trajeron de Buenos Aires (gracias a mi amada Ericka) la última novela suya traducida al español: Kafka en la orilla. Novela que empezaré a leer dentro de muy poco.
Doris Moromisato me alertó, hace unos días, de la existencia en Lima de otra novela suya –no recuerdo el título– en una edición de Anagrama.
A propósito de Murakami, gracias al Moleskine de Iván Thays me entero de una entrevista extensa que apareció en el suplemento ADN de La Nación. Les dejo aquí el enlace.