miércoles, 10 de octubre de 2007

LA CORNISA


NUEVAMENTE ANDRÉS
Por MANUEL ERÁUSQUIN

Lo he pensado varias veces, dándole la seriedad del caso. De manera íntima, casi secreta, todo ser humano le coloca un fondo musical a su vida. Tanto su pasado, como el presente y las proyecciones hacia el futuro gozan de un soundtrack propio. Cada hombre y mujer de este mundo ríe, reflexiona o llora con una melodía. Nadie se salva. Los que dicen que no, mienten. Los que dicen que no, puede que estén encerrados en ese reclusorio emocional llamado cinismo. Se dice que en esos casos se corre el riesgo de no amar. Dios me libre.

He escuchado a lo largo de mi vida distintas canciones que he ido incorporando a mi memoria, a los archivos de mi emotividad. En ese proceso selectivo, los temas de Andrés Calamaro repercuten en mi cabeza desde hace muchos años y han musicalizado hechos de consideraciones claves, donde lo sentimental obviamente posee pasajes protagónicos. Esto no significa que las damas que han compartido parte de su vida conmigo hayan entregado su alma a mis preferencias musicales. En algunos casos han existido férreas resistencias: eso no importa. Yo no soy rencoroso.

Por tal razón, uno limpia su alma: uno la purifica con lo que mejor crea conveniente. Hay quienes se encierran en largas sesiones de yoga, otros en kilométricas novelas. Yo conozco el caso de alguien que nada todos los días en una piscina olímpica, para luego regresar a su casa en bicicleta montañera esquivando a los salvajes conductores de una urbe cerca del colapso. Todo sea porque las almas nobles tengan paz.

En el caso de Calamaro, él decidió dejar la oscuridad de la angustia y ansiedad: el perfecto cóctel para terminar en la autodestrucción. Los tiempos de coca de Honestidad brutal dejaron de aspirarse. La irascibilidad de El Salmón se ha aplacado: los clavos de la cruz se han aflojado. El palacio de las flores fue la primera insinuación para cantar desde la salud, desde el bienestar emocional: porque es falso que hay que estar desgraciado para que lleguen las musas de la inspiración.

Hoy, con La lengua popular, su nuevo disco que circula desde el mes pasado, el artista vuelve como escribe en una de sus últimas letras: “Pero vengo liviano como la espuma de las orillas, a contramano de la resaca del carnaval…”. Este trabajo posee 12 canciones compuestas con el latido de un corazón renovado: dedicado a los amigos ausentes y a ese amor que nos salva del naufragio, ese que hace que se diga: “Mi sentimiento va a durar, el fuego no me va a quemar: ya no tengo espinas clavadas en el corazón”. Yo tampoco, Andrés. Te debo una.

1 comentario:

Berenjena dijo...

Así que le gusta Calamaro.
Cuándo se acordará de traer el libro que le pedí?... quizás nunca, solo recuerda a las mujeres que describe Calamaro, y Caparros seguirá en su biblioteca y yo iré a Quilca, qué más queda...

PD: Debes ser bien pata del profe... saludos