martes, 18 de marzo de 2008

El vuelo de ADOLPH


Escribe MANUEL ERÁUSQUIN
Fotografía de PÁVEL UGAZ

A Pepe jamás le gustaron las expresiones demasiado efusivas hacia su persona u obra. Salvo que provinieran de una bella dama. En ese caso, era todo oídos. El era así: un hombre dispuesto a escuchar el corazón de una mujer. Porque Adolph habrá sido un provocador por vocación, pero esencialmente era un caballero. Y con las mujeres un caballero calla y escucha.

Su trabajo creativo ingresaba a ese mundo tan poco visitado por otros escritores peruanos: el género fantástico. Sus cuentos o sus novelas siempre dejaban esa estela de asombro. Lo oculto y lo inesperado surgían con impulso desde sus historias: aristócratas que se vuelven asesinos, personajes que persiguen desvelar los enigmas del pasado o narraciones donde Dios ha sido derrocado y hecho prisionero por el mismo diablo.

Su imaginación echaba mano de sus inquietudes y dudas. Las certezas las dejaba para quienes estaban seguros de todo, para los sabios que sólo ven en blanco y negro. Ese era el Pepe Adolph que yo conocí, dispuesto con absoluta naturalidad a desbaratar a todo personaje de mente cuadrada. Un par de sorbos de café y unas cuantas pitadas de su cigarrillo mentolado lo dejaban en perfectas condiciones para debatir y dialogar. Su mejor arma: su fino humor negro, tan apreciado también en su columna: El señor de los colmillos, publicada cada quince días en la revista Caretas. Ahí, se divertía, homenajeaba a la palabra tratándola como debía ser, como siempre ha debido ser: con estilo.

La última vez que nos comunicamos fue a través del messenger, una herramienta contemporánea que él manejaba con destreza. Me contó que le había gustado la columna de nuestro crítico y también amigo José Guich, un texto publicado a comienzos de enero. Se sintió reconfortado porque Guich había hallado en su libro virtudes estrictamente literarias, y no había sido una crítica edificada desde la sobonería. El, no lo hubiera perdonado.

La mañana del miércoles nos dejó. Pero ahora prefiero recordarlo desde su particular ironía, una que estimulaba a reír y a pensar. Varios hemos estado de acuerdo con que Pepe era un caso único dentro de los escritores peruanos. Nunca se tomaba en serio las diatribas literarias, desestimaba con su sonrisa a los pontífices librescos y a los cínicos por supervivencia. Además, era consciente de algo importante: que el mejor premio que recibió fue el de haberse convertido en escritor. Una condición anhelada por muchos. Y donde quiera que esté, disfrutará ese triunfo.

MAS DATOS
José B. Adolph llegó al Perú a los cinco años en 1938. Su familia, natural de Stuttgart, venía huyendo de la represión hitleriana. Se le reconoció la ciudadanía peruana en 1974. Dentro de sus obras se encuentran las novelas: La ronda de los generales (1973), Mañana, las ratas (1984) La verdad sobre Dios y JBA (2001) o los libros de cuentos: Un dulce horror (1980), Los fines del mundo (2003), Sólo es un viejo tren (2007), entre otras.

1 comentario:

Holger dijo...

Me gustó eso de: "Además, era consciente de algo importante: que el mejor premio que recibió fue el de haberse convertido en escritor."

Lo vi a Adolph casi a diario durante un par de años allá a comienzos de la década de los 80 en la casona que ocupaba el Instituto Goethe en el jirón Ica.

Una de sus frases favoritas era: "No hay mejor cosa que la sensación de creer que estás escribiendo cada vez mejor". Luego se sobaba las manos y proseguía su camino, vestido con su guayabera blanca y entre dos dedos su infaltable cigarrillo.

Saludos desde Alemania
http://hjorgev.wordpress.com